jueves, 22 de marzo de 2007

LA ILÍADA

LA ILIADA.-


Para realizar un resumen y reflexión sobre la lectura de la Ilíada empezaré considerándola como un cuerpo literario de naturaleza poética, que contiene de un modo asistemático un amplísimo espectro de la vida del mundo micénico anterior a los desastres del siglo XII a.n.e., del propio siglo XII en una medida muy notoria, y algunos elementos propios de la edad oscura e incluso del periodo clásico (añadidos posteriores a Homero o a los Homero).

Es evidente que la denominación de “mundo” resulta demasiado genérica y que debe ser objeto de ulteriores determinaciones y especificaciones. Por tanto distinguiremos desde un punto de vista gnoseológico y tomando como referencia los tres ejes del espacio antropológico y sus dos estratos espiritualista y fisicalista, varias perspectivas desde las cuales se puede descomponer y recomponer el cuerpo de materiales heterogéneos que la Ilíada presenta.

En primer lugar cabrá realizar un enfoque desde el punto de vista de la ontología general (estratos fisicalistas y espiritualistas), en segundo lugar desde el punto de vista de la filosofía de la religión (eje angular), en tercer lugar desde la filosofía política (ejes angular y circular), en cuarto lugar desde la estética, la filosofía moral y la ética (eje circular), y en quinto lugar desde la filosofía de la ciencia y la tecnología (eje radial).


I.- Los estratos espiritualista y fisicalista en el mundo homérico

A pesar de que en el mundo homérico ambas realidades se encuentran presentes, por ejemplo en las explícitas referencias al resultado de la muerte biológica como efecto de la gravedad de las lesiones que los guerreros eventualmente padecen en los numerosos combates que se suceden, se encuentra claramente presente un elemento antropológico fisicalista, o incluso también al margen de una dimensión antropológica en las referencias a la propia corporeidad de los dioses o los elementos naturales también se puede reconocer la presencia del elemento fisicalista. Sin embargo lo cierto es que es el elemento espiritualista el que resulta determinante de la ontología micénica, porque las referencias fisicalistas se encuentran comprendidas en las espiritualistas.

Los aspectos espiritualistas de la Ilíada van referidos al alma humana concebida como nous, como aliento vital que anima el cuerpo y que se evade de éste cuando el cuerpo resulta dañado mortalmente para bajar en la mayoría de los casos al Hades. Los dioses también tienen alma sin perjuicio de que en los dioses tanto el cuerpo como el alma sea inmortal. Básicamente el alma es el principio rector de la voluntad de los hombres y de los dioses, no obstante que sean las necesidades corporales las que determinen parcialmente algunas acciones humanas que finalmente siempre tienen su referente último en la voluntad y en los proyectos de hombres y dioses, que obligan a la mente humana a controlar sus primeros impulsos y necesidades. Sin embargo tampoco debe entenderse el alma como una instancia racional que controla los instintos corporales al modo platónico, sino como un principio de naturaleza espiritual en la que se encuentran arraigadas todas las instancias y necesidades corporales que resultan activadas por efecto de los padecimientos del cuerpo, al que se debe concebir como estrechamente vinculado al alma, modulándola en sus apetitos y voluntad. En el mismo sentido debe dejarse bien claro que el alma homérica –una vez muerto el cuerpo- sigue teniendo necesidades originariamente corporales, a pesar de ser una sustancia espiritual.

Como por efecto de las creencias religiosas homéricas la mayoría de los fenómenos estrictamente naturales deben su causalidad a la acción directa de los dioses e indirecta de los hombres a través de sus oraciones y religaciones con los dioses; y como tanto las acciones de los hombres y de los dioses dependen en última instancia de las disposiciones del alma o vous, en último término todos los fenómenos que tienen lugar en el mundo homérico tienen una causalidad animista, espiritualista.


II.- Los dioses homéricos y los hombres

Supuesta la filosofía de la religión como la disciplina filosófica que se ocupa por un lado de las relaciones entre los hombres y los dioses, y por otro lado de la naturaleza de los dioses; se deberían determinar en primer lugar las características de los dioses homéricos frente a otros dioses de religiones incluidas dentro de su misma fase evolutiva y frente a dioses incluidos entre fases evolutivas anteriores y posteriores; y en segundo lugar el sistema de relaciones existente entre los dioses y los hombres del mundo homérico.

1.- Los dioses griegos deben ser incluidos en primer lugar dentro de la fase secundaria de las religiones. Son dioses corpóreos antropomórficos y zoomórficos. Existen una pluralidad de dioses, no se trata de del monoteísmo característico de las religiones en su fase terciaria surgido precisamente a partir de la neutralización de los dioses politeístas en su fase secundaria. La estructura de la religión griega es indoeuropea fundamentalmente, aunque debe contarse con la presencia de divinidades propias del mundo mediterráneo.

2.- El sistema de relaciones entre los dioses y los hombres forma en el mundo homérico una compleja estructura que es posible analizar mediante la descomposición de la totalidad del sistema en las siguientes clases de relaciones entre cada uno de los términos.

En primer lugar podemos distinguir las relaciones presentes entre los dioses homéricos. Aquí cada uno de los dioses contiene un significado simbólico mínimo o elemental por sí mismo, que resulta determinado y modulado en las relaciones que mantiene con otros dioses, de tal modo que el contenido mitológico esencial del dios se va precisando a medida que entra en relaciones de conflicto o amistad con los restantes dioses. Estas relaciones del dios con el restante panteón no sólo tienen el efecto de hacer más nítida la naturaleza de ese dios y de aquellos con los que se relaciona, sino que además tiene el efecto de generar todo un tejido de mitos cuyo contenido desborda los cauces del cuerpo de cada divinidad, constituyendo un sistema de relatos mitológicos más complejos en cuanto a sus significados, que no resulta reducible a la individualidad de los dioses presentes en el relato (así por ejemplo el relato de la competición de las tres diosas por el título de la belleza suprema a instancia de la discordia no se agota en las trayectorias mitológicas de Atenea, Hera y Afrodita). En este sentido el todo del relato mitológico no resulta igual a la mera suma o yuxtaposición de los dioses que protagonizan el relato.

En segundo lugar los hombres homéricos mantienen relaciones recíprocas sin que tenga lugar la participación directa de los dioses en las acciones humanas. Sin embargo no cabe hablar de una falta de participación absoluta de los dioses que siempre, aunque de un modo indirecto o tácito, están presentes como criterio de bondad o maldad de las acciones humanas, castigando las segundas y recompensando las primeras. Esta afirmación sin embargo debe ser objeto de matización por cuanto es propio de los dioses homéricos dejarse arrastrar por sus pasiones e incluso ser moralmente injustos en muchos casos. Sin embargo este modo de ser moralmente injustos de los dioses sólo es una representación aparente del comportamiento de los dioses homéricos al que se llega por efecto de la aplicación de criterios de justicia moral humanos que nada tienen que ver con la conducta de los dioses. En efecto, los dioses no están sujetos a pautas de conducta morales, los dioses únicamente están sujetos a la ética y a sus pasiones. Sin embargo los dioses homéricos sí que establecen solidariamente entre sí unas pautas de conducta morales a los hombres y de un modo particular cada dios hace lo propio en un concreto ámbito de acciones humanas, de tal modo que la trasgresión de los hombres de las pautas de conducta establecidas por los dioses en sus relaciones recíprocas suele determinar la cólera y el castigo de los dioses, aunque en ocasiones la complejidad de las situaciones hace que la falta de castigo de los dioses a una trasgresión humana sea elemento necesario de un relato mítico de contenido más amplio y profundo.

En tercer lugar cabe distinguir las relaciones entre los dioses y los hombres cuando son los primeros los que actúan sobre los segundos. En este caso los dioses pueden por un lado recompensar acciones que se consideran virtuosas desde el punto de vista moral o político y castigar las acciones que tiene un contenido contrario, y ello tanto individualmente cada dios dentro de su espacio de acción como los dioses en su conjunto en un ámbito general de acciones que desborde los cauces de actuación particulares de cada uno. En distinto sentido ya no moral sino ético, y en el contexto propio de las acciones relativas a héroes que forman parte de relatos mitológicos de contenidos más amplios y complejos, los dioses pueden desear favorecer o perjudicar a los hombres al margen de todo contenido moral por razones de recíprocas relaciones de afectividad de sentido positivo o negativo.

En cuarto lugar puede decirse que los hombres también mantienen relaciones con los dioses propiamente angulares caracterizadas por las rogativas tanto individualmente (éticamente) como colectivamente (moralmente). Las segundas persiguen obtener el favor de los dioses para que determinados aspectos de la actividad del grupo resulten exitosos, o empresas guerreras ofreciendo a cambio sacrificios que incluso llegan a ser humanos poniéndose de manifiesto el sentido colectivo de la rogativa por el contraste con el sacrificio individual (por ejemplo el parricidio de Agamenón antes de partir para Troya). Las primeras en cambio consisten en la encomienda de un hombre o héroe al favor de los dioses sacrificando otros intereses a cambio en provecho del dios para obtener éxito personal en una situación o empresa.


III.- Ética, moral, sociedad, estado y política internacional en el mundo micénico

La ubicación histórica de los estados micénicos corresponde al segundo milenio ane.

La sociedad micénica se caracterizaba por su carácter jerarquizado, en cuya cúspide se encontraba una aristocracia guerrera que monopolizaba la propiedad o posesión de los medios de producción consistentes por un lado en la propiedad de las tierras y ganados (actividades agropecuarias) que procuraban la producción textil y alimentaria, y por otro lado de las armas de combate (carros de guerra y armaduras) que proporcionaban el acceso al botín resultante del saqueo de los bienes del enemigo derrotado.

Entre la aristocracia guerrera se situaba a su frente el rey como un primum inter pares con patrimonio privado distinto del público que no existía. Su soberanía residía en el ejercicio de una serie de funciones políticas administrativas y jurisdiccionales más que en un patrimonio público superpuesto al patrimonio real.

Por debajo de esta élite guerrera y aristocrática se situaban los pequeños artesanos y pequeños propietarios que, careciendo de la riqueza suficiente para costearse los costosos equipos bélicos de la aristocracia, tenía la capacidad de engrosar las grandes filas de combatientes con armas más modestas.

Estos dos grupos confluían en las empresas bélicas si bien por el sistema de combate individual resultaba determinante la participación de los grandes guerreros pertenecientes a las élites aristocráticas para la victoria o la derrota, lo que a su vez suponía un papel decisivo de éstos tanto en el reparto del botín y la detentación de la riqueza (el motivo de la cólera de Aquiles) como en la toma de decisiones en la asamblea de guerreros, de naturaleza tanto política como militar (la humillación pública a la que Ulises somete a Tersites).

Por debajo de estos se encontraban los esclavos, convertidos en auténticos medios de producción y desprovistos completamente de derechos.

Estos grupos sociales se organizaban en torno a estructuras familiares amplias, que determinaban las alianzas sociales a través de los lazos de hospedaje, y que determinaban a través de la pertenencia a linajes la valía de los individuos dentro del entramado social, de tal modo que los individuos estaban compelidos a mostrarse y a conducirse de acuerdo con el prestigio propio de su linaje. El linaje era respecto a la valía de los individuos lo que la marca al producto individualizado en el mercado. En este sentido la ética individual está completamente sometida al interés de preservación del grupo de referencia del individuo que en este caso es la familia y la estirpe (Aquiles tiene que morir en Troya para estar a la altura), y no se duda en caso de conflicto entre ética y moral de resolver el conflicto siempre en favor de la segunda (el parricidio de Agamenón).

En cuanto a la relaciones políticas exteriores es preciso diferenciar entre las relaciones internas que mantienen los estados micénicos entre sí y las relaciones que solidariamente estos mismos estados pueden mantener contra terceros estados no micénicos.

Respecto de la primera de las cuestiones debe afirmarse que las relaciones de las ciudades o reino micénicos se mantiene a nivel de hospedaje entre sus élites político-militares, intercambios comerciales y trueque, y alianzas temporales bélicas contra terceros. Al margen de tales cuestiones cada estado –que suele coincidir con una estirpe resultante de la agrupación de familias- mantiene su soberanía.

En relación a sus relaciones con terceros estados los reinos micénicos se agrupan en grandes campañas militares que tiene como objetivo la rapiña y el pillaje de los vencidos, o la ocupación de enclaves estratégicos para su avanzado comercio naval y militar en el mediterráneo oriental que dominaron con completa autoridad desde la segunda mitad del segundo milenio.

En este contexto político y social es en el que se dibujan con mayor claridad las diferencias esenciales entre la Iliada y la Odisea, porque la primera está fundamentalmente referida a las relaciones existentes por un lado entre distintos estados aliados entre sí, y por otro lado entre distintos bloques de alianzas formadas por estados.

En cambio La Odisea trata de incidir sobre los aspectos relativos a las luchas interclasistas dentro de los estados. Así Ulises debe enfrentarse como rey amenazado por la aristocracia local a ésta al objeto de preservar su posición hegemónica, que tampoco debe contemplarse como de primacía absolutista. Asimismo queda también definido con mayor o menor precisión el papel que otros sectores sociales podían desempeñar en la dinámica de la dialéctica de confrontación entre rey y aristocracia, y el papel que los propios esclavos desempeñaban en tal sociedad, así como la eventual incidencia que en todos estos conflictos podía acarrear la intervención externa de otros estados o mejor aún otras dinastías o familias aristocráticas extranjeras dispuestas a apoyar a alguna de las partes contendientes en calidad de aliada (relaciones de hospedaje…).


IV.- La estética micénica

Se caracterizaba fundamentalmente por la tradición de la poesía oral cantada por el aedo. El aedo mismo desconocía los orígenes de su técnica y pasaba por un proceso de aprendizaje previo en compañía de otros aedos y de memorización de las fórmulas que sirven de engranaje a toda la poesía homérica. En los poemas homéricos tal y como nos han llegado escritos, el aedo invoca a las musas antes de comenzar el canto, les atribuye la autoría del mismo, y en consecuencia serán las musas las que canten por boca del aedo. Se trata de una poesía en la que música y mito aún se encuentran indisolublemente unidos y de una poderosa capacidad de fascinación sobre su auditorio conseguida a través del ritmo y la palabra.

Formalmente puede resaltarse el uso constante de metáfora y símiles, y el empleo exhaustivo de fórmulas invariables.


V.- Técnica en el mundo micénico.-

A lo largo de la Ilíada se hace referencia a una multiplicidad de técnicas empleadas por los aqueos.

Entre estas puede considerarse en primer lugar una medicina experimental, sin alcance teórico, y destinada fundamentalmente a la rehabilitación de los guerreros heridos en combate.

Cabe hacer mención de las técnicas de navegación a vela, aunque sin instrumentos de navegación desarrollados, y una astronomía mitológica asociada.

En ocasiones se hacer referencia a las técnicas de labranza y a las técnicas orfebres sobre todo de trabajo del bronce, que era el material de guerra empleado en la edad micénica, ya que el hierro sólo aparece desde el siglo XII a.n.e.

Todas estas técnicas poseen un alcance exclusivamente práctico y experimental asociado a la producción, y carecen del alcance teórico y especulativo que tendrán las ciencias modernas o incluso la propia geometría euclidiana.